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Silvia Perez 28/08/2020

“Un misterio cuyo mayor misterio sea su claridad.


Un misterio que consista en mostrarse.”


Roberto Juarroz


 


Escuchar Farsa (género imposible) es hacer un viaje por territorios bien distintos. Cada canción, es un mundo. Un espacio nuevo e inesperado.


 


El viaje se abre con la vibración de un “Com” (cómo) que se despliega en el territorio de la “Pena salada”. Y de esa inmensidad abierta por la resonancia del hermoso encuentro entre la voz de Sílvia y la percusión de Aleix, vamos a la intimidad inicial de “Todas las madres del mundo” que ya desde el título nos conmueve. Y las palabras de Miguel Hernández, parecen haber estado esperando esa melodía. Dan ganas de quedarse a vivir allí (y de que pasen todas las guerras). Pero el viaje sigue y sigue su imprevisibilidad que ahora parece llevarnos a México diciendo “Cuando yo muera amado mío / no cantes para mi canciones tristes”. Y claro, como nos vamos a morir todos y todos amamos, dan ganas de cantarla con ella, y abrir bien grande la boca en cada “a” de cada “mañana”.


 


Y este es sólo el inicio.


El viaje sigue, y sigue su imprevisibilidad. Su ir hacia afuera, y volver hacia adentro, su expandirse, replegarse, y ser íntimo o multiplicarse en sonoridades inesperadas y latidos. Todo es movimiento, porque todo está vivo y todo cambia. Escucharlo es ser testigos de un acto de amor. Porque más que cantar las canciones, Sílvia se deja cantar por ellas. O en todo caso, lo que se escucha es un diálogo entre un hacer y un dejarse hacer (por eso hablo de amor) que acepta la canción con su misterio y se aventura en él con su deseo. Por eso cada cada canción suena tan nueva: porque acaba de nacer en ese encuentro. Y por eso Sílvia es tantas Sílvias, porque cada canción la transforma, así como cada relación nos vuelve otros.


 


Y frente a “la sociedad del espectáculo”, a un mundo de eslóganes de consumo rápido, a farsantes de rellenos oscuros, aparece Sílvia son su luz y nos canta. Y la farsa se vuelve el género imposible porque no hay relleno que ocultar. Porque el fin estaba ya en el principio del viaje, en el “cómo”. Porque forma y contenido deben ser lo mismo. Porque la verdad, si es verdad, está en la piel. Y en todo el cuerpo. Como la voz de Sílvia.


 


Pablo Messiez

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