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Lucas Vidal Karma 27/08/2020

Existe un territorio dentro de la música en el que la tecnología y la tradición han podido encontrarse, dialogar con tranquilidad y compartir objetivos. Es un lugar alejado de los caminos principales, en el que el público mayoritario aún no ha fijado su atención –hablamos de ese público que hoy, sobre todo, consume música a través de plataformas de streaming y redes sociales, y que persigue una gratificación inmediata y fugaz–, pero es un espacio amplio, prácticamente virgen, en el que se adivina un horizonte por conquistar. Y es ahí donde se están reuniendo muchos de los grandes talentos inquietos del presente.


Es difícil explicar cómo es ese lugar, y a veces tenemos que recurrir a fórmulas simplificadoras. Por ejemplo, diríamos que es donde se encuentran la música clásica y la música electrónica. Pero no hablamos de una suma de factores, en realidad, sino de una multiplicación: es un espacio de desarrollo estimulante para un tipo de música con vuelo ambicioso, arraigada en la extensa tradición occidental –tan extensa que, si tiramos del hilo, llegaríamos hasta la edad media–, y que ha encontrado un modo de seguir avanzando hacia el futuro. Es ahí, justo en la puerta de entrada, donde nos encontramos con Lucas Vidal, llamando con fuerza y entusiasmo.


A sus 36 años, Vidal todavía puede considerarse un joven compositor. Pero es, a la vez, un profesional consagrado que ha dejado su huella en la industria del cine en Hollywood y, en un sentido más extenso, en el audiovisual contemporáneo. Ha creado músicas incidentales para películas, grandes bandas sonoras (Fast & Furious 6, Palmeras en la nieve), temas para cabeceras de series (Élite), cortinillas para publicidad, diseños de sonido de todo tipo, y siempre ha estado manejando la más grande maquinaria que ha conocido la humanidad para crear música, la orquesta sinfónica. Cuenta que, siendo adolescente, en su habitación no había fotografías de sus ídolos del pop o del deporte, sino programas de mano del Auditorio Nacional firmados por los solistas más ilustres de la escena clásica que pasaban por Madrid. Si le hablabas de música baile, pensaba antes en un ballet clásico que en una rave. No era como los demás jóvenes, pero tenía una pasión.


Mucha gente podría pensar que la suya es es una posición extravagante, esnob e incluso aburrida en nuestra cultura actual, pero no lo es en absoluto: se trata de una inclinación coherente, apoyada en una curiosidad ávida, hacia uno de los grandes tesoros de nuestra civilización y su lógica continuación. De aquella pasión surgió un compositor que conoce los secretos de la orquesta y que, esto es lo más importante, sabe que en la paleta de la música sinfónica, como en cierto momento de la historia se añadieron también pianos, gongs, ondas Martenot, un cuarto oboe o una fila más de contrabajos, también era factible sumar instrumentos electrónicos modernos y técnicas de post-producción digital en la grabación final. La música sinfónica y la música electrónica de los últimos 50 años no son entes extraños, sino dos caminos alternos de una misma tradición que a veces se cruzan, y han funcionado juntos en la escena de vanguardia, y otras van han tomado sendas distanciadas. En los últimos tiempos, sin embargo, esos caminos han vuelto a coincidir, y parece que ya no se separarán más. La orquesta del siglo XXI necesita incorporar la tecnología, y a la tecnología le viene muy bien la calidez orgánica de unas cuerdas.


No hay un nombre consensuado para referirse a esa rama de la música actual en la que las herramientas tecnológicas y la tradición occidental –a la que llamamos clásica– se unen como si fueran viejos amigos que llevaban tiempo deseando verse. Se han manejado etiquetas como modern classical o indie classical, y ninguna de ellas es precisa, completa o útil, pero sabemos a lo que nos referimos. Hay una larga escuela de compositores contemporáneos que no deja de renovarse, en su mayoría formada por europeos, norteamericanos y japoneses, y pertenecientes a diferentes generaciones y campos de actividad primigenia –de Ryuichi Sakamoto a Max Richter, pasando por David Laing, Hans Zimmer, Francesco Tristano, Mason Bates o Elena Kats-Chernin–, que ha ampliado los confines de este espacio a partir de las bandas sonoras, el ambient, el pop, la música para ballet, la ópera, el techno o el programa sinfónico. Durante tiempo, este espacio estuvo alejado del discurso dominante en la música de consumo, ausente en los medios de comunicación, pero el público sabía llegar a él. Lo descubría en bandas sonoras de Hollywood, en festivales como Sónar, en sellos electrónicos con afán aventurero, le gustaba lo que escuchaba, y se quedaba.


Karma es, para Lucas Vidal, el primer intento serio de entrar en ese mundo que parece expresamente hecho para él. Tras varios años en la industria del audiovisual, la revelación le llegó, como a tantos otros compositores, a partir de un fogonazo de sentido común: hay una manera de prolongar la tradición clásica occidental con la herramienta más potente de la música presente, ya sean sintetizadores analógicos o programas de edición de audio. Es una opción tan instintiva como lógica, y que permite a los creadores escapar temporalmente, o para siempre, de componer al servicio de una imagen predeterminada –y, por extensión, sujeto al capricho de directores o estudios de cine– para trabajar con sentimientos propios, referencias privadas y ambiciones personales.


En su primer álbum lejos del mundo de las bandas sonoras, Lucas Vidal ha querido entrar con precaución en ese nuevo espacio que se abre ante sus ojos. Cuenta que no ha querido trabajar aún con la orquesta sinfónica al completo, con todo su potencial desplegado al más puro estilo wagneriano –ese será el objetivo de su próximo proyecto, que ya empieza a maquinar en su cabeza–, sino unir un pequeño conjunto, más cercano a la orquesta barroca o la del primer clasicismo, e infiltrar las texturas electrónicas, los beats y los efectos en los espacios libres de que iba dejando el ataque de las cuerdas. Ha decidido titular Karma al disco porque lo percibe como el resultado positivo de una buena acción previa, la recompensa feliz tras haber tomado la decisión de abandonar sus rutinas y su estabilidad en el trabajo para reinventarse como compositor.


Podríamos hablar de los temas de Karma uno a uno, pero Lucas indica que no hay ninguna ambición programática –es decir, la voluntad de explicar una historia, o conectar los sonidos a imágenes concretas– en su nuevo música. Como en el barroco, cada tema sugiere una emoción, un afecto, un tema melódico que se completa al final de la pieza, y como en el impresionismo, lo que dispara la inspiración es una idea fugaz atrapada al instante y desarrollada a partir del primer impulso, y que puede tener significados y generar sensaciones distintas en cada oyente. Es de esa manera como discurre Karma: a partir de la conexión entre emociones universales y un lenguaje reconocible, cercano e instalado en nuestro subconsciente cultural, pero llevado al presente. Karma es, en definitiva, ese tipo de obra que un compositor de la tradición europea puede hacer –y he aquí el resultado– sin abandonar sus raíces en una tradición de siglos, pero conectando con lo más inmediato de su presente.


 


Javier Blánquez

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