biografía

Gustavo Dudamel

Cuando tenía seis años, el juego preferido de Gustavo Dudamel era colocar sus soldados de juguete en formación orquestal y dirigirlos en una interpretación imaginaria de la Quinta Sinfonía de Beethoven. A los doce años ya estaba dirigiendo a la orquesta de jóvenes local. Dos años después tenía su propia orquesta de cámara. A los diecisiete años fue nombrado director titular de la Orquesta Juvenil Simón Bolívar y ahora, a los veinticinco, es el director de mayor éxito de su generación en ningún país.

Las cosas podrían haber sido diferentes. Dudamel creció en Barquisimeto, la capital del Estado de Lara, en la parte centro-occidental de Venezuela. En un país donde el 75% de la población vive por debajo del umbral de pobreza, el crimen y la violencia constituyen para muchos un medio de vida. Si no hubiera sido por la música, admite libremente Dudamel, él también podría haber acabado en las calles. «No tengo ninguna duda de que la música cambió mi vida. Ahora puedo echar la vista atrás y ver que muchos de los chicos de mi edad siguieron por ese camino hasta acabar envueltos en las drogas y el crimen. A los que tocaban música no les pasó».

Venezuela, más que ningún otro país del mundo, ofrece a sus jóvenes música como una alternativa válida a las dificultades. En un país con una población de sólo 22 millones de personas, hay 125 orquestas juveniles, 57 orquestas infantiles y 30 orquestas sinfónicas profesionales de adultos.
Como son cada vez más los músicos venezolanos sobresalientes que triunfan en el circuito, el mundo está tomando buena nota. Claudio Abbado ha realizado extensos viajes a Venezuela, ensayando y tocando con los jóvenes durante semanas, y habla del Sistema nacional de educación musical en términos superlativos. Zubin Mehta, Plácido Domingo, Luciano Pavarotti y el fallecido Giuseppe Sinopoli han trabajado todos con las formaciones venezolanas y se fueron expresando las mayores alabanzas. Simon Rattle lo ha denominado «lo más importante que está sucediendo en la música clásica en ningún país del mundo». El programa ha recibido premios de UNICEF y la UNESCO, así como expresiones de admiración por parte de personalidades tan diversas como el antiguo presidente surafricano Nelson Mandela y el actor Roger Moore.

El nombre de la organización es largo, pero su objetivo es sencillo. La Fundación del Estado para el Sistema de Orquesta Juvenil e Infantil de Venezuela (con las siglas de Fesojiv) es la fundación estatal que vela por las orquestas juveniles de Venezuela y los programas de formación orquestal que las hacen posible. «Nuestro primer objetivo no es crear músicos profesionales», explica Xavier Moreno, secretario de Fesojiv. «Nuestro objetivo es salvar a los chicos». Lo cierto es que Fesojiv (los venezolanos lo llaman la Orquesta o el Sistema) no lo está haciendo mal al crear músicos profesionales. La Orquesta Juvenil Simón Bolívar, su agrupación enseña, da fe de los altos niveles y el entusiasmo único que han pasado a ser las señas de identidad de la ejecución orquestal venezolana. Pero su mayor logro son los 250.000 niños que asisten a sus escuelas de música distribuidas por todo el país, el 90% de ellos procedentes de entornos socioeconómicos pobres.
Lennar Acosta, que es ahora profesor en el Conservatorio Simón Bolívar, había sido arrestado nueve veces por robo a mano armada y delitos relacionados con las drogas antes de que el Sistema le ofreciera un clarinete. «Al principio pensaba que estaban bromeando», recuerda. «Pensaba que nadie confiaría en que un chico como yo no iba a robar un instrumento como ese. Pero entonces me di cuenta de que no estaban prestándomelo. Estaban regalándomelo. Y la sensación de tenerlo en mis manos era mucho más agradable que la de una pistola».

A los once años, Edicson Ruiz trabajaba a tiempo parcial en un duro y deprimido suburbio de Caracas haciendo paquetes en un supermercado para complementar los exiguos ingresos de su madre. La calle, con su alcohol, sus drogas y sus enfrentamientos entre bandas, ejercía un poderoso atractivo, y su conducta estaba pasando a ser cada vez más violenta. Entonces un vecino le habló de la escuela de música local. «Me dieron una viola y me sentaron en medio de la orquesta. Oí el sonido de los contrabajos y pensé, ¡sí! ¡Ese es el instrumento para mí!», recuerda Ruiz, sonriendo al recordarlo. Cuando tenía quince años, ganó el primer premio del concurso de la Sociedad Internacional de Contrabajistas en Indianapolis. A los dieciséis ofreció su primer concierto en Alemania. A los diecisiete fue elegido el miembro de pleno derecho más joven de la historia de la Filarmónica de Berlín.
Acosta y Ruiz cuentan historias que reaparecen en los casos de los 400.000 jóvenes que han crecido con el Sistema desde que iniciara su andadura. Los principios son sencillos. A los niños se les da un instrumento ya a los dos años. Clases, excursiones, música y, cuando es necesario, apoyo social se proporcionan todos gratuitamente a cambio del consentimiento del niño para tocar en uno de los grupos del Sistema. Las clases son en grupo. Los niños que dominan una escala o dos pasan a encargarse de la enseñanza de los niños más pequeños.
 
El apoyo de los compañeros es fundamental. Y la ejecución orquestal forma parte del programa desde el principio. Seis días a la semana, cuatro horas al día, los niños hacen música juntos en una de las noventa escuelas de música, o núcleos, repartidas por el país. Progresan con una rapidez asombrosa. Criados en un ambiente de apoyo, cariño, ánimo mutuo y placer absoluto y sin restricciones a la hora de hacer música, los niños han alcanzado a menudo un nivel de dominio de sus instrumentos que les permitiría entrar en una universidad europea apenas iniciada su adolescencia.

Todo ello ha nacido de la visión de un solo hombre: José Antonio Abreu, un cualificado economista, organista y político, decidido a hacer algo para cambiar las condiciones sociales de su país hace treinta años. En esa época había sólo dos orquestas sinfónicas en Venezuela y ambas estaban integradas en gran medida por músicos europeos. Abreu reunió a once jóvenes para un ensayo en un aparcamiento subterráneo y les dijo que iban a hacer historia. En el siguiente ensayo había 25 músicos; el día siguiente, 46; al otro, 75. En la época vertiginosa del boom petrolífero en Venezuela, Abreu consiguió obtener financiación estatal del departamento de salud para sus planes con el argumento de que estaba en juego el bienestar de los chicos en situación de riesgo. Hoy, el Sistema da trabajo a quince mil profesores de música.

Abreu, que tiene ahora 66 años, se hizo cargo de Dudamel como estudiante de dirección cuando tenía diecisiete años y continúa siendo una influencia fundamental en su vida. Ambos comparten una filosofía profundamente humanitaria y un hondo compromiso con la música en tanto que fuerza de cambio social en Venezuela. Con ella llega una fe absoluta en el hecho de que la música cambia las vidas, algo que influye tanto en la manera de acercarse a la música como en el estilo interpretativo en Venezuela. Y para Dudamel no hay ningún compositor que compendie esto mejor que Beethoven. «Todos los años tenemos en Caracas un festival Beethoven», explica. «Beethoven es un símbolo para nosotros en Venezuela. Esta música es muy importante para los jóvenes. Para toda la humanidad, por supuesto, pero especialmente para los jóvenes. Una orquesta profesional ha tocado estas sinfonías cientos de veces. Para nosotros es música nueva. La Quinta Sinfonía no trata únicamente de las notas. Todo el mundo conoce el motivo inicial. Es el destino y eso es algo importante para todos. No necesitas explicarlo. La sinfonía se abre con rabia. Pero si la tocas toda seguida, siguiendo la línea de desarrollo, llegas al último movimiento, que concluye con esperanza. Escuchas y puedes sentir esto en la música. Muchos de los chicos vienen de la calle. Han experimentado todas estas cosas horribles: el crimen, las drogas y los problemas familiares. Pero cuando tocan esta música tienen algo especial. Todos ellos comparten esta esperanza. Y se convierte en algo extraordinario».

Dudamel es consciente de la magnitud de los riesgos que supone elegir a Beethoven para su presentación discográfica con Deut¬sche Grammophon. No se trata, explica, de que piense que él y su orquesta tengan más que decir sobre este repertorio que nadie; simplemente cree que tienen su propia voz: «Si vas a una tienda de discos encontrarás miles de grabaciones de la Quinta y la Séptima Sinfonías de Beethoven. Somos una orquesta juvenil. ¿Por qué empezar con un compositor tan difícil? Pero entonces pensé: ¿por qué no? Es necesario conocer a Beethoven cuando eres joven. Técnicamente, es importante para el desarrollo de tu sonido. Y luego está el simple hecho de que Beethoven es un genio. La Quinta Sinfonía trata del destino, del futuro. Y la Séptima Sinfonía es pura alegría. La energía en esta música es fantástica para los músicos jóvenes. El propio Beethoven no pudo haber oído nunca su música tocada por una orquesta sinfónica tan grande, por supuesto. Pero estoy seguro de que, si hubiera tenido la oportunidad, le habría encantado».

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